LA CURVA: El local

Cansados de emborracharnos en Bantú, el mismo antro-chochal de siempre, decidimos J y yo montar un bar en la zona play, puppy y hello kitty de Medellín. Por lo menos ése va a ser el único lugar en El Poblado de donde no nos saquen a las patadas.
Lo primero es conseguir el local, por ahí se empieza, ¿no? Y para conseguir la plata para el primer mes de arriendo, empeñamos unas esclavas de oro, empeñamos a nuestras madres, hicimos rifas y prostituimos a nuestras mujeres con tal de conseguir el primer milloncito de pesos para pisar el negocio. Demostramos solvencia con papeles falsos, J hizo alarde de su verborrea paisa y logramos con poco tener mucho: un local vacío en una zona consumista.



Pasada la tensión de cómo vamos a hacer para sostener semejante cañazo de tener un local en El Lleras, decidimos relajarnos y empezar a ensayar ridículas poses tipo Americanino o Diesel para estar en la onda de los futuros clientes:


Claro que J no puede reprimir el perrito que lleva dentro de sí y empieza a montar la plata como si eso fuera muy charro. Y parece que lo es:


La siguiente estrategia es invitar gente para que dé sus ideas más disparatadas en cuanto a la decoración:

Chente (de chanclas) no sabe qué hacer con semejante chorizo de local ni cómo llenarlo de puffcitos, Eliza en pose de Virgen María pregunta que si no nos pueden devolver la plata, su hija le dice “Mami, vámonos para la casa ya” e Isa manotea mientras nos dice que somos unos “buevones”. Que si queremos arreglar eso, tenemos que contratar por lo menos a una decoradora italiana. Así lo hacemos.


La decoradora italiana sugiere que tumbemos lo que indican sus manos con un bulldozer. Que se lo lleven todo, incluso a uno de los dueños:


Días después invitamos a otro personaje que merece una mención especial. Es el gran y reconocido O de quien se dice que todo lo que toca lo convierte en Oro. Le pagamos taxi y todo para que subiera una cuadra desde La Octava. Sus consejos fueron sabios y prudentes. Paternales, casi. Y nosotros como buenos adolescentes no los vamos a seguir. De todas maneras agradecemos al gran gurú de los bares y sensei O su bendición.


Aunque para triunfar y sobre todo para fracasar hay que morir con la de uno. Ya veremos.

Nota:

Si nos alcanza la plata, La Curva abrirá sus puertas dentro de poco.

La Curva:

Cra. 37 #8-15

Medellín-Colombia

http://lacurvabar.blogspot.com/

PASTORES

Mientras le grito a mi mujer que es una puta por las veces en que me ha sido infiel (ella a su vez me grita que soy un perro asqueroso exactamente por las mismas razones) y a duras penas puedo levantarme de la cama por el guayabo, cientos de fieles ya están congregados en La Iglesia de la Liberación Mundial. De todas maneras, me pongo mi mejor traje: cachaco, pantalón y camisa por dentro. Dios no se merece una camisa por fuera…Además, sé que cuando llegue, me voy a encontrar con muchos tipos encachacados y equipados con radios de comunicación. Ellos son los que reciben y conducen a los fieles, cual rebaño, a esa iglesia cristiana.

No estoy muy seguro de cuál es la entrada. Hay gritos y música que salen de un local así que intento por ahí. El tipo encachacado que lo custodia me mira fijamente. Mi cara no le es conocida. Me pregunta entonces que para dónde voy. Dudo qué decirle. No sé qué palabra escoger. No sé si decirle que voy para el culto, la celebración, la misa, la eucaristía, el encuentro o qué. Aunque la palabra que más neutra me parece es celebración. Eso, a juzgar por los gritos, la música y la alegría que emanan de allí. El resto de la mentira ya la tengo preparada y digo:

-Es la primera vez que vengo a la celebración. Una amiga me invitó.

-Esto aquí es para los niños; el culto para los adultos es allá.

Él mismo me conduce hasta la verdadera entrada. Allí, hay más encachacados con radios y micrófonos; de esos que ponen nervioso a cualquiera: unas diademas que comunican directamente a la oreja con la boca. Todo tiene la apariencia de esas películas gringas en las que hay miles de agentes secretos y en algún lugar está un presidente al que van a matar, o casi, porque uno de esos agentes secretos es el galán de turno que lo impide en el último segundo.

El primer encachacado me entrega a un segundo encachacado diciéndole que es la primera vez que vengo y que una amiga me invitó. De una me pregunta:

-¿Y cuál es el nombre de su amiga?

-Claribel Osorio.

El nombre sí lo tenía preparado porque es como nombre de muchacha pobre y cristiana, que cita a la perfección versículos enteros de la biblia y que algún día espera a casarse con uno de estos encachacados. Él no reconoce el nombre, así que me dice:

-Mmmm, no la conozco pero siga a ver si la encontramos…

Este segundo encachacado a su vez me entrega a un tercer encachacado que rápida y eficientemente me da la bienvenida y me estrecha la mano. El segundo encachacado le pregunta que si conoce a Claribel Osorio y él dice que no. Entonces me ordenan que me siente junto a la entrada donde están ellos. Seguramente para mantenerme bajo vigilancia.

Me toca sentarme entre una adolescente y una señora muy bien vestida que se refresca con un diminuto ventilador de Hello Kitty. Miro al frente y ante mí se encuentra la gran congregación de fieles de La Iglesia de la Liberación Mundial. Una congregación muy bien vestida con mujeres cuidadosamente peinadas, hombres afeitados y abundancia de tacones, zapatillas, perfumes y lociones. Todo para esta trascendental ocasión. Y quien dirige este gran espectáculo es nuestro pastor quien grita histéricamente desde el estrado:

¡¡¡LA VIDA DE JESÚS SE HA ENCARNADO EN MÍ!!!

Luego vocifera una retahíla sobre los judíos y dice que están así de mal (¿así de mal?) porque ellos traicionaron o negaron a Cristo. No lo sé. Mucho de lo que dice no lo entiendo porque su acento de música merengue es imposible. Tiene que ser algo del Caribe porque, como escuchaba uno en el Show de Cristina, hace preguntas retóricas que empiezan con el “¿Qué…?” por delante, así:

-¿Qué ustedes creen…? ¿Qué ustedes piensan….?

A todas sus afirmaciones la gente grita ehh, sííí, ohhh, con pasión. Pero realmente es imposible saber con qué están de acuerdo ya que nuestro pastor mezcla confusamente palabras como mente, corazón, espíritu, alma y gripa porcina. A veces son lo mismo y a veces no. En una de ellas la emprende contra los científicos, contra Darwin específicamente, y dice que él estaba equivocado porque los micos tienen espíritu y no alma (¿?). A todo esto, la audiencia en trance responde con un eehhh, manos y brazos en alto así como seguramente hacían las multitudes enardecidas cuando gritaban “Heil Hitler!!”. Sin embargo, un despistado grita a destiempo: “¡Alabado sea el Señor!”

El pastor se mueve, vocifera, regaña, abre las manos, busca una cita en la biblia, se desabotona el saco, cuenta chistes, sisea como una serpiente, se abotona el saco, pega gritos de poseso, se sube al podio, baja del podio y no deja tres segundos de silencio y paz. Parece una estrella de rock. O un político o un ejecutivo en la convención de su empresa. Y ya por fin doy con quién se parece: se parece a Hugo Chávez cuando viaja de cumbre en cumbre y le toca ponerse cachaco pero el cachaco siempre le queda chiquito porque el comandante eterno de la revolución bolivariana ha subido de kilitos y la papada llena de grasa se le sale rebeldemente por encima del cuello. Así es nuestro pastor...

Y en toda esta hiperactividad dice que Buda está en el infierno, que Da Vinci y Nerón eran unos sodomitas (así dice, unos sodomitas), que la mejor aspirina para el alma se llama Jesús, que Dios tiene sentido del humor y no es aburrido, que “hoy vamos a comer verdad, paz y tranquilidad”… Aunque mención especial merecen las enfermedades (por eso es que casi no hay iglesias cristianas entre los ricos que pueden solucionar ese problemita más fácilmente) y dice que Jesús puede curar cualquier perturbación mental, que hoy podemos expulsar cualquier “coágulo de cáncer” (así dijo, coagulo de cáncer)…Mención especial también merece la cuestión de la comida porque dice que Jesús no come carne de “puerco” (para aprovechar la paranoia de la fiebre porcina) y que se alimenta de sí mismo y que esto es un misterio, confiesa.

Por encima de él hay una inmensa pantalla. Así que, si no lo alcanzamos a ver en persona porque está muy lejos y nuestras sillas rímax no dan para más, entonces un par de camarógrafos se encargan, como en una transmisión de un concierto de rock, de seguir cada uno de sus pasos. A veces hay acercamientos de la cámara y se nos permite ver la cara crispada de nuestro pastor. Y como vive gritando, cuando cierra la boca, el labio superior no alcanza a bajar del todo, entonces quedan al descubierto sus enormes dientes y queda como un conejo de cualquier película de terror. Realmente asustador.

Las imágenes a veces se intercalan con unas diapositivas cuidadosamente escogidas y lo más sorprendente, aparecen en el momento justo. Se nota que todo esto es un espectáculo cuidadosamente planeado. Nada que ver con las presentaciones de mi universidad cuando los profesores no encuentran la presentación en power point o el proyector no les prende. No. Aquí todo está medido, organizado, controlado.

Las diapositivas aparecen como por la gracia de dios aunque con errores de ortografía y digitación. El pastor lee las citas, se salta palabras porque todo es muy frenético e incluso nos pone a leer. También nos pone a repetir. Nos conmina a decir:

-Jesús es…

Y todos repetimos al unísono:

-Jesús es….

-¡Nuestro Rey!

-¡Nuestro Rey!

-¡Nuestro Salvador!

-¡Nuestro Salvador!

Aunque realmente los que más repiten son los adultos y los ancianos. La adolescente que está a mi lado y otras que logro ver entre la multitud se recuestan en el hombro de otras amigas, consultan su celular, se observan las uñas, se rascan los ojos y se quitan la horquilla del pelo. ¡Dios bendiga a los adolescentes y su bendita rebeldía!, pienso. Ni siquiera este ambiente lleno de dios, control y vigilancia puede con ellas.

*****

Ya todo entra en su fase final. Nuestro pastor se quita el saco y sí que lo necesita: debe haber sudado y lo más seguro es que debe haber rebajado unos cuantos y necesarios kilitos. La ridícula música de piano utilizada en las casas de banquetes rebaja la intensidad y nuestro pastor envía a las diaconas para que repartan el pan y el vino. Esto sí que es nuevo para mí. Por primera vez voy a comulgar, voy a tragar el cuerpo de Cristo y nada de confesiones de por medio.

Unas mamasotas, hermosas hijas de dios y por ende mis hermanitas, empiezan a entregar en bandejas de plata pedazos de algo que parece pan pero que realmente son unos vulgares bizcochitos. Yo, siempre con las ganas de echarle el diente a todo, lo hago inmediatamente y una de ellas me conmina gritándome:

-¡¡NO, TODAVÍA NO!!

Yo me pongo rojo y siento que hice el ridículo porque los de atrás me están mirando y seguramente los tipos encachacados ya me van a caer y me van a hacer un interrogatorio. Seguramente ya han estado siguiendo todos mis pensamientos a través de quién sabe qué aparato ultra moderno. Espero y espero pero nada pasa. Nuestro pastor se come entonces un pedazo de pan que toma de una arreglada mesa mientras nosotros nos comemos el bizcochito. Luego, nuestro pastor se toma una copa de vino, y es vino porque un acercamiento de la cámara así lo demuestra, y nosotros nos tomamos un espeso jugo de mora en un vasito desechable de esos aguardienteros.

Luego, algunas personas se acercan al púlpito y se empiezan a abrazar y empiezan a delirar y cierran los ojos y expulsan no sé qué cosas de sus corazones o de su cabeza o de su pecho y están como en trance y la cámara los detalla y a veces ponen la letra de una canción mientras unos muchachitos cantan. Y la letra parece una de esas esquelas que los enamorados se mandan entre sí:

Yo te busco

Te anhelo

Te necesito

Te amo

Más que a mi propio ser

Durante todo ese trance, el pastor pronuncia unas cosas imposibles pero más imposible aun es transcribirlas aunque lo voy a intentar:

“shi skyupashni batabatabata….”

Juro por dios que era algo así. Realmente misterioso y asustador.

Todos los del pulpito han expulsado su enfermedad o sus pecados o al diablo, todos se funden en un abrazo y entonces empiezan a cantar una música pop o rockanrolera y dicen algo que cualquier enamorado quisiera escuchar de su ser amado:

“Te busco con fuego en mi corazón”

Ya todo es como más alegre y es el momento propicio para que los encachacados empiecen a entregar unos sobres. Yo recibo uno pero dejo para leerlo después porque realmente ya me quiero ir. Ya es más que suficiente. Así que me toca pasar entre la multitud que escribe sobre ese sobre y lo deposita en una urna. Paso por el lado de los baños (¡hay baños!), cafetería (¡hay cafetería!) y un almacén (¡hay un almacén!) donde venden cientos y cientos de dvds con las grabaciones de nuestro pastor y los libros de nuestro pastor y las canciones de nuestro pastor. Parece que para muchos no es suficiente con lo de hoy.

Ya al intentar salir, uno de los encachacados me cierra el paso y me pregunta muy serio:

-¿Ya depositó la ofrenda?

-Sí, respondo con una vil mentira.

-Que Dios lo bendiga hermano. Vaya con Dios.

-Gracias hermano. Vaya usted también con dios.

Tres cuadras más adelante (no vaya a ser que me estén siguiendo), leo lo que había que meter en el bendito sobre y me doy cuenta del negociazo que acabo de abandonar. Le tenía que haber dado plata a la iglesia, al pastor y a una tal misión. Sencillamente por la salvación de mi alma. Así de fácil.




BIELSA

Texto: Wilson Orozco

Fotos de Bielsa: Óscar Cardona

Busco en internet las boletas para el partido Colombia-Chile. Mi intención no es ir a ver perder a un equipo comandado por un mediocre (por supuesto el colombiano) sino por ver en vivo y en directo al más grande entre los grandes: al técnico de Chile, Marcelo Bielsa.

El precio de las boletas es más que astronómico así que desisto y olvido la idea. Se ve que los negociantes que controlan el negocio de la selección Colombia no saben de las estrategias de mercadeo de los equipos pequeños. Por ejemplo, la de “entran dos con una boleta” para el clásico de clásicos entre un Nacional y un Huila.

Pero el destino se encargaría de torturarme. El día del partido, debo coger un bus que me lleve de Envigado al Centro. Cuando pasamos por El Poblado, la zona play de Medellín, veo hinchas de Chile por doquier. Tienen incluso una bandera enorme extendida en uno de sus parques. Pero lo más interesante es el encuentro cultural entre nuestro chofer (que escucha reggaetón a todo taco) y una hincha de Chile que atraviesa tranquilamente la calle por una cebra. Por supuesto nuestro chofer le tira su bus y ella tiene que atravesar agitada las líneas blancas. Qué ingenua: creer que en Chibchombia las cebras son un espacio sagrado para los peatones…

******

No resistiendo la tentación, me desvío para el estadio, para tratar como buen negociante paisa, de conseguir una boleta lo más barata posible. Consigo una a mitad de precio. Con dolor me daré cuenta al otro día de que las estaban regalando. Pero esa es otra historia.

En el momento de negociar la boleta, no tengo plata así que el revendedor en su desespero me acompaña hasta el cajero. Yo, escéptico, le pregunto que si las boletas no son falsas (como si él me fuera a responder que sí) y me dice:

-¿Para qué me voy a poner yo a vender boletas falsas? ¿Qué voy a saber yo quién es usted? Por una boleta no me voy a hacer matar. Hace poco unos tipos en unas camionetas vinieron a comprar unas boletas y un parcero mío les dijo que él se las conseguía. Ellos le entregaron la plata y el man se voló y se la robó. Después ellos volvieron y ofrecían dos millones de pesos si decíamos dónde lo podían encontrar. Y dieron con él en el Centro y allá lo cascaron. Treinta tiros le metieron.

-¿Treinta?

-¡Oiga, mijo! Y con tiros de fusil y todo. Es que uno en esta ciudad no sabe con quién se mete. Uno dice: “Vea a ese con cara de bobo” Y ése es el que va sacando una metralleta y le va dando a uno.

Tengo la sensación de que cuando dice “el cara de bobo” se refiere a mí y por eso es que no me va a robar. Por fin remata:

-Oiga mijo: aquí hay mucho billete. Yo tengo un amigo que tiene un apartamento lleno de plata por El Obelisco y no sabe qué hacer con ella.

Salgo del cajero, él me entrega la boleta ya ajada y decido entrar temprano al estadio. Por recomendación del revendedor, hago de tripas de corazón, y busco al administrador del estadio. Le cuento que quiero hacer una crónica sobre el gran Marcelo Bielsa para un blog. Ése es mi caballito de batalla. Él, muy ocupado pero con toda la paciencia y serenidad del caso, me dice que todo está diseñado para que interesados como yo no tengamos acceso a él. Entiendo que soy un pato y con la mayor hipocresía me despido de él: una sonrisa de oreja a oreja y un fuerte apretón de manos.

Ingreso a la gradería. Me asombra la cantidad de hinchas chilenos. Sus camisetas rojas me gustan. Parece que fuera a jugar hoy el Medellín. Y ya como que me las estoy tirando de periodista y busco a un señor con su hijo para preguntarle por Bielsa. Él, en un acto que me da envidia y nostalgia, le cede la palabra a su hijo. El adolescente me responde con un monosílabo que no recuerdo. El papá, como todo buen papá, se explaya y señala los adjetivos que ya harto conozco por la prensa deportiva: que Bielsa es serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Les pregunto que si son de Santiago y la respuesta no sé por qué me decepciona:

-Somos chilenos pero realmente vivimos en Miami.

Como buen farandulero, les pido tomarme una foto con ellos. Con todo el gusto acceden.



Quiero entrevistar a una persona más. Que venga de Chile-Chile. Hablo con otro señor: me señala lo mismo: que están muy contentos porque Bielsa es serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Veo que no voy a lograr más de lo que ya sé. Pero el sitio de origen de este señor sí me deja más tranquilo: viene desde la misma Antofagasta.

El equipo chileno sale y detrás de él el gran Marcelo Bielsa. Y la pinta es la misma: de un tipo serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Docenas de fotógrafos lo enfocan y él ni se inmuta. Él está en lo suyo.

Empieza el partido y también empieza la actuación de “El Loco” como también se le conoce. Parece un carnívoro enjaulado. Y sí que marea este hombre: va de aquí para allá, se sienta, se para, va a la línea, se pone en cuclillas para observar no se sabe qué, vuelve y se para, se sienta, pega un grito, camina mirando hacia el piso, jadea y así sucesivamente hasta el infinito.

Viene el gol de Colombia. Por primera vez, Bielsa se dirige a sus jugadores. Les hace gestos que indican que tienen que subir el ánimo, que nada ha pasado.

Ya la historia es más que conocida. Chile luego nos mete unos merecidos cuatro goles, algunos de los cuales Bielsa no celebra y otros que celebra para sí mismo, solitariamente.

El árbitro señala el final. Bielsa no se queda celebrando la clasificación al mundial. Seguramente va a preparar lo que va a decir en la rueda de prensa. Cualquier discurso bien complejo y enredado que ni siquiera los mismos periodistas van a entender.

Corro, como buena adolescente que va a ver sus ídolos de RBD, hacia la barrera que han puesto para separar a los patos como yo de Marcelo Bielsa cuando vaya a dar la conferencia de prensa. Lo espero ansioso. Sé que solamente uno o dos metros me van a separar de él. Tengo miedo de que a lo mejor en ese momento pegue un grito histérico.

Se forma un revuelo. Allá viene él. Yo, por la maldita manía de estar tomando fotos que no sirven para nada, no logro eternizar ese momento de verlo con más intensidad. Pero ahí viene, ahí está. Entre gritos de “Monstruo”, “Grande Bielsa”, veo que viene caminando con su mirada siempre clavada al piso. Con los aplausos de todos nosotros, solo alcanza a hacer un tímido gesto de agradecimiento.

Y tengo que reprimir con fuerzas un grito histérico y por supuesto la payasada del desmayo.

LÍBIDO






Líbido es un bar de Medellín. Tipos que han probado todas las drogas, licores y mujeres me han dicho que le tienen respeto a ese antro. Siempre me dicen:

-Tenés que ir a Líbido.

Muñeco, un trovador, es el enlace para hablar con el dueño. Llegamos a una zona pobre, industrial, peligrosa y abandonada de la ciudad. Muñeco le dice al tipo que custodia la entrada que venimos a hacer una crónica. Se ha apersonado de la cosa. Es entendible ya que es extrovertido y parlanchín. Repito: es un trovador. El gordo de la entrada con pinta de camionero, gracias a toda esa parla, nos deja entrar.

Lo primero que se encuentra en Líbido es una especie de sala con muebles de hace muchos años. Como esas típicas casas paisas donde la gente dice:

-Bien pueda siéntese.

Pero nosotros no nos sentamos. Al lado izquierdo se encuentra un almacén donde venden camisetas de todos los rockeritos y punkeritos habidos y por haber.

Muñeco muy solícito le explica a la muchacha, que atiende y espera aburridamente, la razón por la que estamos ahí. Ella me mira como con cara de “éste tiene cara de periodista y así le voy a hablar”. Así que empieza a decirme en un tono un poco artificial y preparado lo que es evidente: que venden camisetas y artículos con la marca Líbido. No le veo mucho interés a eso. De todas maneras aprovecho y tomo una foto.


Luego buscamos al dueño del bar.

Éste, cómo decirlo, parece un personaje sacado de una película de Víctor Gaviria. Pero no sería el muchachito que dice palabrotas de principio a fin sino aquél que gestiona una banda de sicarios o un expendio de drogas o cualquier cosa bien escabrosa.

El ruido es insoportable pero alcanzo a escuchar su nombre, Mario, y seguramente el administrador antes le ha dicho que soy profesor de la Universidad de Antioquia porque lo primero que me dice es:

-Yo soy egresado de la licenciatura en lengua española de la UdeA.

No sé qué pensar. ¿Qué me estará queriendo decir? ¿Que él es mucho más que ese antro del cual es dueño? Yo estoy lo mar de simpático y finjo mucho interés. Para eso soy muy bueno. Luego me dice que ha mandado muchas hojas de vida a muchos colegios pero que no le ha resultado nada. Que si de pronto le puedo ayudar. Yo le respondo con una mentira y para eso también sí que soy bueno:

-Sí, dejate yo miro a ver.

Él se pone a mi disposición. Que podemos hablar más tarde de lo que quiera. Yo le agradezco y sigo mi recorrido por esa vieja casa convertida en sitio de perdición.

Siguen tres cuartos seguidos. En ellos, con temor, espero encontrar todo lo que me han contado de Líbido: que la gente se inyecta y consume todo tipo de drogas y que las parejas hacen el amor delante de todo el mundo.

Los cuartos siguen el mismo patrón: tienen sofás y sillas desvencijadas. Tienen además unos closets con cortina, esos seguramente para las parejitas. Yo, entre la oscuridad y las figuras de muerte que adornan las paredes, realmente me siento en una mazmorra. O como en esos túneles del Castillo de San Felipe: sucios, húmedos, deprimentes.

No hay parejitas, afortunadamente, haciendo nada raro. Lo único que alcanzo a ver son tipos totalmente dormidos o idos de este mundo. Estos parece que ya se han consumido toda la droga que le ofrecen a uno afuera. Así que si la posibilidad de encontrarme parejitas me produce aprensión, ver estas piltrafas humanas me produce ¿qué? a ver, ¿qué puede decir mi lado moralista-puritano? Sí, tal vez depresión, asco, rechazo. Y ahí es cuando recuerdo las palabras que San Bukowski decía cuando le preguntaban sobre las drogas. Su respuesta era que las odiaba porque no son más que un acelerador iditiozante para el cuerpo. Que no hay nada como la cerveza con la cual uno es consciente de todo lo que pasa alrededor. Es algo suave, lento, por pasos. Con la droga la gente se convierte en zombis deprimentes en dos segundos. Como esos que veo tirados en los sofás.

Salgo y encuentro que ha llegado más gente. Es decir, todos aquellos que han sido expulsados de todos los bares de Medellín y que no se dan por vencidos y que quieren rumba hasta las 6 de la mañana.

Mario sigue programando la música. Pone un video de Iggy Pop y ésta sí que es la imagen más cercana de Mario. De hecho, me parece que Mario en el fondo se cree Iggy Pop: observa a la multitud que ya se ha acumulado en el bar, se quiere lanzar como Iggy Pop sobre esa multitud, canta junto con Iggy Pop “I wanna be your dog”, se mueve como Iggy Pop y lo más importante, se quita la camisa como Iggy Pop. Ahí es cuando logro observar su tatuaje.


Ya acabado el espectáculo de Iggy Pop y el de su émulo, voy a su encuentro (al de Mario, quiero decir) pero el administrador me cierra el paso. Me dice que espere. Mario sale del cuarto de donde pone la música y quién sabe qué más cosas hará.

Yo lo saludo de nuevo. Estoy nervioso. La sobriedad del momento no me ayuda mucho. Él me sonríe impaciente y espera la primera pregunta. Yo no sé por dónde empezar. Así que recurro al lugar común:

-¿Hace cuánto tenés el bar?

-Trece años. Empecé con una grabadora en el garaje de esta casa a escuchar música con unos parceros y después empezó a crecer la cosa.

-Ya…

No sé si es porque odio el papel del periodista pero mi siguiente pregunta sí que lo es:

-¿Y vos por qué crees que este bar es diferente a todos los demás de Medellín? Porque Líbido tiene su fama dentro del mundo underground. Es decir, hay una inmensa minoría que sabe que existe.

Me siento patético haciendo esa larga pregunta. Primero porque es excesivamente retórica: yo sé por qué es tan diferente. Que yo sepa, aquí se permite el consumo de drogas y de cuerpos. Lo de “mundo underground” me suena posudo y academicista. Ni siquiera sé qué es el mundo underground. Y tercero porque utilizo una expresión de la alta cultura. El estribillo de la HJCK, emisora de música clásica, que decía que era la emisora “de la inmensa minoría”.

Él, gracias a su expresión, me hace saber por supuesto que la pregunta es boba y retórica. Sobre todo porque los dos sabemos que yo ya tengo la respuesta. Pero él no se queda atrás y me da una respuesta que me parece más retórica aun:

-Líbido es diferente porque esto es un lugar de tolerancia y aceptación. Es un bar de amigos.

Lo último sí que me parece patético sobre todo porque esperaría que un hombre que se mueve en el “mundo underground” no saliera con ese tipo de clichés. Además recuerdo que todos los bares se autodenominan así mismos como el bar de los amigos. Lo gracioso es que en todos hay que pagar de contado. El que más odio es La Novena que se autodenomina precisamente así: El bar rock de los amigos (que tienen plata).

Este diálogo no va para ninguna parte entonces yo me le meto por el lado de las preguntas personales a ver si nota mi interés en él. Le pregunto que cuándo se graduó y me responde:

-Hace dos años y desde eso no me ha resultado nada de trabajo, he mandado muchas hojas de vida y nada.

-¿Y vos qué podés enseñar en la universidad?

Su respuesta me deja más que pasmado:

-No, a mí me gusta trabajar es con niños de cuarto de primaria.

Inmediatamente se me disparan todas las alarmas moralistas que tanto combato de manera racional. Pienso que cómo un tipo de estos va a estar capacitado para enseñarle a niños. Me lo puedo imaginar en una entrevista de trabajo en el, pongamos, Marymount:

-Muy bien, ¿y usted a qué dedica su tiempo libre?, le preguntan.

-No, tengo un bar de punk y música electrónica que abre de 11 de la noche a 6 de la mañana y permitimos, en aras de la tolerancia y la aceptación, el consumo de drogas y de alcohol aparte de que somos muy abiertos para que la gente practique cualquier tipo de actividad sexual con cualquier cosa que se mueva.

-Ya…, debe responder la señora rectora quien hace parte además del comité ejecutivo del Country Club.

Pero quién quita, realmente Mario puede ser como Iggy Pop en el aspecto intelectual. Poco se sabe que Iggy Pop es casi el único cantante que tiene el gran honor de haber publicado un preámbulo en una edición erudita en Inglaterra. Mario entonces podría combinar su capacidad intelectual con la quitada de la camisa en mitad de una clase de inglés y cantar "I wanna be your dog" para enseñar el presente simple. La fascinación completa de los párvulos estaría más que asegurada.

*****

Ya no sé qué más hacer en ese bar. Ya lo he recorrido de puerta a puerta, me he sentado en la sala como buena visita, he visto gente consumir todo tipo de drogas y eso cada vez me ha deprimido más, he visto hombres besarse, he leído mensajes iconoclastas, he tomado fotos, he contemplado largamente una amplia humedad en el techo y que va a lograr que algún día de estos se desplome….

¿Qué más queda? Despedirme de este lugar que por lo menos trata con respeto y dignidad lo que la sociedad se encarga de criminalizar.

Me despido del administrador que demuestra una tranquilidad y serenidad que me inquietan. Es una serenidad como de gangster frente a los múltiples pedidos de cerveza. Mario viene de nuevo a mi encuentro. Quedamos en que lo voy a llamar en semana para hablar de día porque hoy es solamente para que yo “sienta la atmósfera”. Y así podemos hablar mejor. Yo sigo en mi simulación apuntando su teléfono a sabiendas de que no lo voy a llamar.

Salgo. Arranco en mi destartalada moto. Son las 3y30 de la mañana. Me gusta el silencio de esa hora y lo mejor de todo es que voy sobrio. Solo quiero llegar a mi casa y acostarme.

Paso a propósito por San Diego. Sé que ahí siempre hay un operativo para agarrar conductores embriagados. Hoy sí quiero que me paren.

Ahí están los del tránsito y la policía. Paso por el lado de ellos pero no me paran. Intento una segunda vez y tampoco. Maldigo mi suerte. Voy a intentar una tercera pero reflexiono y me digo que tengo que dejar de hacerme el chistoso. Si me paran e indagan a fondo se darán cuenta de que conduzco con un pase falso. Y ahí sí que estaré en problemas.

Y por supuesto mucho más cerca de parecerme a Mario.


EL MEDELLÍN HA ATENTADO CONTRA MI VIDA

Tengo 5 años y mis papás se acaban de separar. Un juez de familia dictamina que solamente me puedo ver con mi querido padre una vez por semana. Mi papá, en nuestra primera salida, decide llevarme a un lugar grande, gigante para un enano como yo. Es el Estadio Atanasio Girardot. Mi papá me dice que como me he manejado bien, me va a comprar una paleta y un cojín para que me pueda sentar en la ardiente gradería. Es rojo. Todo rojo. Me gusta ese color. En uno de sus lados tiene un escudo azul. Dice:

Deportivo Independiente Medellín

Es amor a primera vista. Me vuelvo hincha del equipo de ese cojín. Me vuelvo hincha del equipo de mi papá. Treinta años después, cuando me carbonizo bajo un sol canicular viendo perder al Medellín, siento que en el fondo estoy eternizando ese momento en el que me volví hincha del equipo de mi papá; a quien solo podía ver una vez por semana.

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Soy un adolescente. Empiezo a comprender cada vez mejor de quién fue que me hice hincha. Me hice hincha de un equipo neurótico. De un equipo que no pertenece a las mayorías. Los hinchas del otro equipo se burlan del mío. Dicen que el de ellos es mejor. Que se acaban de ganar una copa muy importante. Y lo peor de todo es que la parálisis de la ciudad así lo demuestra. Pero no me importa. Entre más se burlan de la suerte de mi equipo, más me vuelvo hincha de él. Me atrae ese carácter de marginalidad, de sufrimiento y de pueblo raso de sus hinchas. Los del otro equipo me siguen insistiendo que ellos son unos ganadores natos. Pero a mí sigue sin importarme porque he escuchado por ahí que mi equipo es el equipo del pueblo. Y que el pueblo sufre más pero que también tiene más dignidad.

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Ya estoy casado. Vivo en un apartamento diminuto con mi esposa y mi hija que recién ha empezado a hablar. Veo que es hora de empezar a desarrollar los genes del rojo transmitidos por mí. Ya le he ensañado que cuando yo canto Grita el pueblo clamoroso, ella debe responder: Viva el DIM el poderoso. Lo hace a la perfección.

Vemos juntos la final en la cual somos campeones por cinco minutos. Se termina el partido. Quedamos en silencio. Vemos jugadores que no saben si reír o llorar. Nosotros tampoco. Vamos a la Copa Libertadores pero no hemos quedado campeones. El Medellín le acaba de enseñar con dolor la primera lección de vida a mi hija: este mundo no es más que un amasijo incomprensible de felicidad y dolor.

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Me he separado de mi esposa. No aguanto estar alejado de mi hija. Eso dispara en mí las ganas de beber. Es un domingo. De nuevo el sol canicular. Quisiera estar con ella ya que es un día trascendental. Estamos a noventa minutos de ser campeones después de muchos años y poner una tercera estrella en nuestro hermoso escudo. Son las dos de la tarde. Sigo con ansias la transmisión del partido ya que mi equipo está en Pasto. La hora y media que falta para que empiece el juego se me hace eterna. Y no puedo dejar de pensar en toda la gente que ha muerto en todos estos años sin ver al Medallo campeón.

Penalti a favor del Medellín. Montoya lo desperdicia, como siempre. No podría ser de otra forma. El Medellín es sádico y nosotros masoquistas. Pero la ventaja es que todos gozamos. Minutos después, gol de Mao Molina. La estrella cada vez está más cerca. Casi la podemos tocar. ¿Estaré soñando? ¿Será todo producto de las cervezas que me he tomado? No. Pitazo final: Medellín Campeón. Caigo desmayado.

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Meses después, tengo taquicardia. Tengo sed. Tengo que tomar cualquier líquido. Otra vez a noventa minutos de ser campeones. Hace otro sol canicular. El rojo de mi niñez siempre presente. Estamos a punto de ser campeones frente al equipo que se cree superior a nosotros. Los minutos no pasan. Hay un tiro libre a favor del otro equipo. Si es gol, se extiende la agonía. El balón pasa rozando el arco…

Pitazo final: Medellín campeón. Como siempre en la vida, siento felicidad y dolor. La felicidad se entiende por qué. El dolor está en mi pecho. Tengo que ir a un hospital. Diagnóstico final: principio de infarto. No me importa. Somos campeones otra vez.

A lo mejor no seremos campeones nunca más en la vida. Con el Medellín todo es posible. No me importa. Lo que sí sé es que la próxima vez tendré una dulce muerte con mi Medallo campeón.

Y con seguridad, segundos antes de morir, mi última imagen será la de un niño recibiendo un cojincito rojo de manos de su papá.

COMEDORAS


Llueve fastidiosamente sobre Medellín. Una que otra persona usa una máscara para evitar la tal gripa porcina. Llego a la reunión de comedores anónimos. Me reciben 5 mujeres. Yo soy el único hombre. Me dicen que tranquilo que esto también es para hombres. El sitio de reunión es un pequeño salón, diminuto tal vez, y yo tengo la mala idea de sentarme a todo el frente de ellas. La coordinadora actúa como una profesora. Le pide a cada una de ellas que me cuente en qué consiste el programa. Ellas, por supuesto, terminan por hablar de sí mismas. Empieza la primera:

-Llevo 11 años en el programa. Pesaba 80 kilos, ahora peso 50. Reconocí que tenía un problema de peso porque no podía dejar de pensar en la comida, comía todo el día, incluso le llegué a poner cadena a la nevera y le pedía a un familiar que me guardara la llave.

La señora se parece a una tía mía: blanca, demasiado blanca, como del Oriente antioqueño, con maneras y hablado de campesina, tiene un cuaderno extendido frente a ella pero no toma notas aunque hay que aclarar que es la tesorera. Y sigue:

-Yo me daba parrandas de comida, comía cuando no tenía hambre, cuando bajaba al centro los sábados era una tortura porque sentía los olores de todos los restaurantes y a todos tenía que ir. Mi esposo me dijo que ya estaba demasiado gorda y que me iba a dejar. Ahí fue cuando tomé la decisión de buscar ayuda y ya llevo 11 años de abstinencia.

La coordinadora entonces me hace leer uno de los propósitos del grupo. Al finalizar, me pregunta de nuevo que si tengo problemas con la comida y eso ya me pone nervioso. Reconozco que no sueno muy convincente con mis elusivas respuestas y mi barriga de cervecero tampoco me sirve para ser contundente. Balbuceo:

-En el pasado tuve problemas con la comida pero los superé. Pero ahora estoy otra vez como en las mismas.

-¿Y cómo te diste cuenta del programa?

-Una amiga me habló de él…

-Ya…, dice escéptica.

La coordinadora pide de nuevo que si alguien quiere hablar y Fabiola dice:

-Me llamo Fabiola y soy una comedora compulsiva.

-Hola Fabiola, responde el resto.

Un poco surreal y ridícula la situación. ¿Cuántas veces habrá hablado Fabiola? ¿Cuántas veces no habrá contado el mismo cuento? Y ella empieza:

-Al igual que a la compañera, mi esposo me dijo que yo tenía un trastorno de alimentación. Yo no podía ver una olla de arroz porque me lo comía todo y luego seguía con las galletas, me iba para la tienda y compraba buñuelos. No ha sido fácil. Ahora por ejemplo venía aburrida para la reunión. Pasé por una panadería y se me metió que tenía que comprar una torta para mi mamá pero en mi interior yo sabía que me estaba echando una mentira porque realmente iba detrás de los buñuelos. Me contuve y me dije “Dios mío ayúdame, igual ya voy a llegar a la reunión” y el tinto que me tomé aquí fue lo que me compuso.

Una sexta mujer llega tarde y la coordinadora le dice que si me puede contar sobre el programa y ella pregunta también escéptica que si tengo problemas de alimentación. Yo, sudando a mares a pesar de la lluvia, sigo balbuceando:

-Sí, en el pasado…

-Ah bueno, a lo mejor hoy te das cuenta de si el programa te sirve…

Yo siento que ellas definitivamente no se quieren tragar el cuento de mi desorden alimenticio. Pero no entiendo por qué. Tengo barriga de cervecero. Suficiente, ¿no?

La recién llegada quiere entonces hablar de su caso y dice:

-Mi nombre es Verónica y soy una comedora compulsiva.

-¡Hola Verónica!

-Voy a hablar de algo que me pasó ayer. Estaba en el tránsito haciendo una vuelta y tuve que esperar más de lo que había presupuestado. Me empezó la desazón, el “no-me-hallo” y yo para la única parte que miraba era para el kiosco, o sea, podía mirar para cualquier parte pero yo estaba concentrada era en el bendito kiosko y yo me decía “no puedo ir, no puedo ir, tengo que ser fuerte”, hasta que no fui capaz y terminé comiéndome una chocolatina y yo sé que eso en lugar de calmarme, me pone más nerviosa y más histérica y me tuve que ir del Tránsito sin terminar de hacer la vuelta y fue muy duro porque me sentí súper culpable.

Verónica no es gorda, no es flaca. Y su relato me impresiona porque estoy encasillado en que solo los excesivamente gordos o los excesivamente flacos son los que vienen acá.

La coordinadora lee algo sobre la necesidad de los fondos y que el tinto y etcétera. Yo ya he ido rebajando mi cuota en cada uno de los grupos de anónimos. Empecé con cinco mil en Alcohólicos y ahora voy a dar unas miserables monedas en Comedores Compulsivos.

Recogen la plata y la cuentan, 10 mil pesos en total. Haciendo cuentas 5 mujeres aquí dieron lo mismo que 20 drogadictos en recuperación.

La coordinadora quiere hablar sobre la importancia de la abstinencia para toda la vida. Dice:

-Yo llevo en el programa 5 años. Durante todo ese tiempo estaba bien y hace siete meses, creyendo que ya me había curado, que no tenía una enfermedad, me dio por comerme una chocolatina. Eso disparó en mí las ganas desaforadas de comer…

Ella termina y le da paso a la más bonita del grupo:

-Me llamo Alejandra y soy una comedora compulsiva.

-¡Hola Alejandra!

-Yo en el último tiempo he estado muy mal porque dejé de asistir a las reuniones y yo sé que estoy enferma, que siempre voy a estar enferma, me arreglaba, ya estaba a punto de salir y me devolvía y me ponía a comer o me encerraba en el cuarto para no hacerlo pero igual no podía dejar de pensar en la comida y me decía que me tenía que poner a leer pero igual yo sabía que por allá estaba ese pensamiento de la comida pero hoy estoy muy feliz porque a pesar de que estaba lloviendo y tenía la disculpa perfecta para no venir, dios me escuchó porque escampó un momentico y me dije que tenía que venir y aquí estoy. Es que estoy enferma y eso lo tengo que reconocer.

La reunión termina con su relato. Hacemos una oración de pie. Ellas la recitan de memoria, yo debo leerla. Nos cogemos de las manos, desafortunadamente no me toca al lado de la más bonita pero todas me dan un abrazo. Yo tengo el cinismo suficiente para preguntar que cuándo es la próxima reunión. Me dicen que en dos días. Me dan un folleto y me piden que responda unas preguntas en mi casa para saber si tengo algún problema con la comida. No siguen para nada convencidas.

Llego a mi casa y así lo hago. Tengo que responder 15 preguntas (¡15!). De esas saco tres afirmativas. Muy bien me digo. Ya lo sabía yo, solo tres. Qué problema voy a tener, me digo. Aunque al final dice que si respondo por lo menos a tres con un debo buscar ayuda.


NARCÓTICOS

El primero en darme la bienvenida a Narcóticos Anónimos es un señor de corbata. Parece un gerente de cualquier empresa. De hecho, más adelante me confiesa que estuvo a punto de perder un importante empleo por sus muchos años de alcoholismo. Porque, aunque coordina uno de los tantos grupos de Narcóticos Anónimos en Medellín, realmente su problema es de alcoholismo. Su primer acercamiento fue con Alcohólicos Anónimos pero se aburrió con su enfoque. Dice que allí la única prohibición es el alcohol y que la gente puede “seguir tirando bareta o perico mientras que en Narcóticos Anónimos, no”.

Él se va y me deja solo. Voy por un tinto a la cafetera. Tengo mala suerte, se ha acabado. Vuelvo a mi silla. Un hombre absolutamente acabado, envejecido y demacrado me ofrece del suyo aunque ya lo ha empezado. Yo le agradezco el gesto aunque inmediatamente en mí se disparan todos los prejuicios. Primero, estoy convencido de que tiene sida y aunque he leído que no se transmite por la saliva, limpio con sutileza el vaso desechable. No contenta mi irracionalidad, pienso que si no tiene sida entonces tiene gripa porcina. Finalmente, tomo un trago grande para salir de eso de una buena vez.

Por fin, un muchacho con cara de matón dice que va a presidir la reunión. Tiene un bigotito de medio pelo y una cachucha con una serpiente por adorno. Se parece a mi hermano. No puedo dejar de pensar en eso.

El muchacho con cara-de-matón y hablado de criminal, invita a los asistentes a leer los principios de Narcóticos Anónimos. Algunos se ofrecen y antes de realizar la tarea, se presentan con su nombre y luego el resto de los asistentes repite:

-Hola Yeison…Hola Estiven…Hola Wilmar…

Mientras leen, se equivocan frecuentemente. Como lo hace alguien que nunca lee. Ellos se avergüenzan por sus errores. Eso a juzgar por la tonalidad roja que adquieren sus caras.

El tema de hoy, para colmo de males y como si el destino se estuviera vengando de mí, es:

“¿Y del recién llegado qué?”

El coordinador pregunta retóricamente que si “hay compañeros que recién se acercan a la reunión de hoy”. Un tipo y yo levantamos la mano. Todos nos dan un fuerte aplauso. Me siento un miserable. Luego, cada uno tiene que decir su nombre y, si lo desea, afirmar si es un adicto. En la ronda le toca primero al otro recién llegado. Luego, cinco personas más, me toca a mí. Balbuceo un pálido, tímido y casi inaudible:

-Mi nombre es Wilson y soy un adicto…

Todos responden:

-¡¡BIENVENIDO WILSON!!

Me siento una rata. Siento que he ido demasiado lejos con estas croniquitas. Todo por mis deseos narcisistas de escribir. O mejor, de figurar….

Pero tengo que seguir adelante. Entramos en la fase donde algunos empiezan a contar sus historias. Todas ellas están teñidas por su agradecimiento hacia Narcóticos Anónimos, por lo importante que nosotros estemos ahí y que hayamos empezado ese camino así desfallezcamos. Incluso uno de ellos llega a decir que ahora, después de la reunión, podemos irnos a fumar nuestro bareto, que eso es problema nuestro pero que no importa, que sigamos adelante….

Llama la atención especialmente un tipo que tiene todavía puesto un chaleco de motociclista. Habla raro. Es como si su pensamiento fuera por un lado y lo que intenta decir por otro. Tiene múltiples tics, cierra los ojos, se esfuerza por hablar. Dice que tenía pereza de ir pero que finalmente la venció:

-¿Cómo cuando me iba para la olla no me daba pereza?, pregunta de forma retórica y con sentimiento de culpa.

Otro afirma que la primera vez que asistió a la “confraternidad” fue después de consumir durante cuatro días con sus noches. Que pensó en quedarse solamente los 90 días que son exigidos pero que ya lleva cuatro años, tiempo en el cual ha estado “limpio”. Que ya le hace falta ir a las reuniones. Que a la primera que va es a las siete de la mañana, luego va al medio día y que no es capaz de llegar a su casa si antes no va a la de la noche. Que ha sido coordinador y tesorero del grupo. Que ha organizado fiestas porque “allá también se pasa bueno”… Es claro que este muchacho cambió una dependencia por otra.

Por último, le toca el turno a un muchachito que antes ha colaborado entregando las consignas que los asistentes han leído en voz alta. Es alto, morenito, cara de pobre. Habla como esos personajes de La Vendedora de Rosas. Dice que lo de él era marihuana. Que se la fumaba, se la comía, se la tomaba, casi que se la inyectaba. Que se mantenía con sus amigos en la terraza de su casa haciendo sancochos de marihuana. Que terminaban trabados, dormidos, borrachos, el uno encima del otro.

La impresión que me da es que no todos los asistentes están contentos con este relato. Es demasiado crudo y escabroso. Tal vez no trae muy buenos recuerdos para la mayoría. Y va en contravía de los anteriores discursos: todos teñidos de buenas intenciones, de loas a la comunidad, de culpabilidad, de abstención y de auto castigo. El relato de este muchachito es fresco, inocente e ingenuo. Continúa diciendo que ya se estaba "calentando" demasiado en su barrio porque estaba robando y se estaba metiendo con mujeres mayores que él, mucho mayores, y ahí es cuando revela su edad. Dice que tiene 13 años y a mí me brinca el corazón porque es la misma edad que tiene mi hijo y pienso, como todo buen papá cantaletoso, que no hay derecho a que haya muchachitos por ahí consumiendo droga y lo que más dolor me da es que el problema de su drogadicción parece recaer solamente en él y su recuperación solo depende de él creyéndose un enfermo de por vida, mientras que todos los gobernantes de turno hacen cumbres y compran helicópteros y fumigan plantaciones, en lugar de que todos esos recursos vayan realmente a los drogadictos para su recuperación. Estos pobres miserables se tienen que conformar con recoger diez mil pesos en una mochila y se echan la culpa, y se creen enfermos de por vida y no hay investigaciones, ni tratamientos para ellos… pienso toda esa perorata paternal mientras continúo escuchando a este pobre muchachito, flaco, desnutrido, pobre y con evidentes daños cerebrales.

La reunión termina con su relato. El alma se me acaba de partir cuando observo que él es el encargado de entregarme un llavero y un directorio de teléfonos por si tengo la tentación de consumir y así cualquiera de los asistentes me pueda ayudar para no hacerlo.

Me fijo en su nombre y al lado me ha escrito:

“MUCHO HANIMO WILSON, ADELANTE.

NO DESFAYESCAS

Atentamente

Estiven.”






MEDELLÍN

Una flor más una flor no son dos flores

son una primavera

en la jodida ciudad de la eterna primavera.

Con un alcalde simpático y retórico.

Todas las ancianas se mueren por él.

Se mueren por él

porque él habla al modo de ellas.

Tal vez cuando una gran editorial me publique,

cuando empiece a escribir cosas lindas,

entonces el tierno alcalde querrá que yo le componga,

en honor a la jodida ciudad de la eterna primavera,

un lindo poema que contenga flores, montañas e industrias.

Un poema donde no pase nada terrible, ni vergonzoso.

Una ciudad que se pueda mostrar

y vender

una ciudad que atraiga inversión y ejecutivos y por ende plata

para que las mujeres de Medellín se casen con ellos y no pierdan la inversión que hicieron al ponerse unas

tetas falsas,

tan falsas como sus sonrisas.

Pero esto último no podrá ir en un poema en honor

a la jodida ciudad de la eterna primavera

porque la esposa del alcalde quiere mucho a las mujeres

y las defiende y quiere por igual a las gordas y a las feas.

Por supuesto este poema no va a ser el elegido.





BLOGUEROS

Me levanto y lo primero que hago es consultar quién ha consultado mi blog. En toda una semana, solo tres visitas. Realmente patético. Consulto cuáles son las palabras claves que la gente ha tecleado y que las han llevado a mi blog. Literalmente (y mal escritas) son:

“Busco investigador en medellín esposo infiel pruebas”

“Cómo conseguir novios extranjeros con velas”

“humillado por unos sucios pies”

“Como se viste un burócrata”

“Desayunando problemas”

“Me masturbo viendo la tv”

“Le dije que fuéramos a un motel y no acepto”

“Mi mamá me exita con sus piernas”

Surreales todas esas búsquedas. Luego voy y consulto si el número de mis seguidores ha aumentado. Sigo con la misma cantidad de hace tres meses y lo peor es que sé que no me leen. Reconozco eso con dolor en el alma. Y en el ego.

Luego, leo por encima otros blogs. El de un señor desempleado que escribe diariamente hasta tres y cuatro cuentos. El otro de una ama de casa que está a punto de pegarse un tiro. Un tercero de una amiga que escribe malos e ingenuos poemas.

El señor desempleado que escribe diariamente tiene 235 seguidores. Leo por encima y comento sus cuentos pero solo para quedar bien con él aunque nunca le he dicho lo que realmente pienso: que sus cuenticos son realmente patéticos. Leo los comentarios de los otros 234 seguidores. Todos y todas se deshacen en elogios y en besos. Hay varias admiradoras y enamoradas del bloguero. Él se rehúsa a darles el correo. Le tengo envidia.

La ama de casa no está mal a juzgar por su foto. Me uní a su blog en espera de que se una al mío pero sin éxito. No ha querido caer en la trampa.

La amiga que escribe poemas me pide que comente sus poemas. El problema es que realmente me gustan más sus senos. Aunque ella, por supuesto, prefiere que yo prefiera su poesía.

Consulto también si alguien ha comentado alguno de mis cuentos. Nada. Una triste lágrima rueda por mi barba. Me la seco rápidamente.

No hay nada que hacer. Soy un escritor menor. Soy un bloguero. Sin visitas, sin comentarios, sin seguidores, sin premios. Pero mañana será otro día.

EL CÉSAR VIVE