UNA CERVEZA EN GUAYAQUIL

En Quito siempre nos dicen de Guayaquil:

-No vayan allá, mejor vayan a Salinas.

-Los costeños son arrebatados.

-Son malosos.

-Es muy peligroso, matan a las personas como si fueran animales.

Gracias a todo eso es que decidimos ir. La ciudad es caliente, tal vez demasiado. Viva, despierta. Tiene un boulevard, el 9 de octubre, que algún día quiere ser como Miami. Las cadenas de comidas rápidas abundan. Luego vamos al barrio “regenerado” y adornado con las fotos de lo que fue el "antes" y el "después". Al lado de las fotos aparece el nombre del alcalde que tuvo la amabilidad de semejante acto de regeneración. Jaime Nebot o algo así...Correa, Fajardo, Chávez, Uribe, todos los políticos cortados con la misma tijera...la escalada al cerro donde hay un faro exige una pausa al final, y por supuesto, una cerveza.

Vamos a una tienda. Un señor sin camisa nos atiende y nos dice:

-No, no se puede. Esto es zona regenerada y si los ven tomando cerveza, me multan.

Entonces optamos por una Pony Malta, bebida de campeones.

En la noche seguimos en la búsqueda de nuestra esquiva cerveza. Intentamos coger un taxi y uno pirata nos para. Nos montamos y le decimos al conductor que queremos tomar cerveza y ver mujeres.

-¿Mande?

-Cervezas y mujeres.

-Ya...el problema caballeros es que gracias al pendejo de Correa, hay prohibición de vender licor los domingos y los lunes. Por eso no hay nada abierto. Pero yo tengo mis contactos...aguarden no más.

El tipo es una bestia. Maneja como las bestias. Se pasa semáforos en rojo, habla por celular y no respeta a las autoridades que sirven de semáforos en algunos casos, gracias al apagón.

-Hola preciosa, mira aquí tengo a dos caballeros que quieren fastidiar un ratito. No, no son de la policía. Bueno, te esperamos en la estación de gasolina.

Por una razón misteriosa e incomprensible nunca apareció nuestro contacto que nos iba a vincular con las cervezas y las mujeres. Pero nuestro conductor no se vara y fuera de eso no se quiere despegar de nosotros.

-Vengan no más los llevo a un lugar cerca de mi casa. Es de toda la confianza. Porque aquí no es de irse metiendo en cualquier lugar. Pero les advierto que solo hay cerveza.

-Bien, decimos a la vez.

Llegamos a un barrio que parece más que peligroso. Nuestro conductor se baja, habla con alguien. Luego nos hace descender. Quien nos recibe es una tierna abuelita. Saca dos cervezas. Nos hace sentar en los desvencijados y rotos muebles de su casa. Ella está nerviosa, nosotros también. Mejor, yo también.

-Los recibí porque son recomendados por el conductor. Toda la vida lo he conocido. Me dijo que eran dos cervezas y que ustedes se iban.

La cerveza que nos da es una Pilsener y es enorme. Entonces de todas maneras hay que tener paciencia.

-¿Y ustedes son casados o solteros?

-Casados.

-Ya. Los dejé entrar porque son recomendados por el conductor.

A los pocos minutos entra un tipo que tiene cara de haber degollado a cientos de turistas inocentes que se toman una cerveza a escondidas de las autoridades correístas. La abuelita nos dice que es su hijo.

No nos saluda. Eso me pone más nervioso todavía. Y gracias a mis nervios y a mi paranoia mi imaginación empieza a trabajar: esta viejita tiene una red de ladrones y matones, el falso taxista nos venía siguiendo hacía horas, el falso hijo tiene una fábrica de grasa humana con la cual hace jabones, la viejita es Vitto Corleone que con la señal de un dedo nos puede mandar para una mejor vida.

Al rato toca otro tipo. Este sí nos saluda. Pero está borracho o trabado. Mi imaginación sigue trabajando: éste debe ser el del hacha. El falso hijo va a levantar nuestras extremidades y va a jalar para que el descuartizamiento sea más fácil. Sí, eso es.

De nuevo la abuelita nos pregunta:

-¿Y ustedes son solteros o casados?

-Casados, repetimos de nuevo.

-Ya, los deje entrar porque son recomendados. Solo le vendo cerveza a gente conocida. La policía por ejemplo cuando está en servicio viene y se toma sus chelitas.

-Ya.

El falso hijo y el tipo del hacha suben al segundo piso y luego bajan de nuevo. El falso hijo trae un objeto envuelto en una toalla.

Debe ser el picahielos con el cual van a empezar su macabra labor.

Hijueputa, hijueputa, hijueputa, hijueputa....pienso como si estuviera rezando un mantra. Debí haberle hecho caso a los cientos de quiteños que nos aconsejaron no venir a este antro de ciudad.

La abuelita señala una foto en la pared y nos dice:

-El de la foto es mi otro hijo. Se murió hace 15 años. Muy buen hijo que era. Estudió economía y llegó a ser gerente del Banco de Guayaquil. Veía por mí por eso es que ahora me tengo que dedicar a vender cerveza a escondidas.

Claro, se quiere ganar nuestra confianza y tal vez mostrarnos otra foto y luego el del hacha llega por detrás y ¡tan!

Nunca me había tomado un tanque de cerveza tan rápidamente.

-Bueno señora, muchas gracias, ¿cuánto le debemos?

-Dos dólares pero no se vayan que mi hijo les tiene una sorpresa.

El hijo se acerca con el objeto envuelto en la toalla. Sonríe por primera vez. De la toalla saca una botella de aguardiente.

La querían compartir con nosotros, los monstruos de Guayaquil.

MI ÚLTIMO ENCUENTRO CON EL CATOLICISMO

Fui bautizado, me pusieron por nombre la bella combinación de Newton Alberto, hice la primera comunión, me hicieron tomar ridículas fotos donde el mismísimo Jesucristo me entregaba una hostia, es decir, me daba de su propio cuerpo (escabroso, ¿no?), luego hice la confirmación y me hicieron confirmar todas esas bobadas. Afortunadamente mi relativa inteligencia y mis lecturas lograron que perdiera la fe. Ahora solo pienso en pasar bueno porque sé que una vez muerto, ¿qué más sigue? Nada.

De hecho, no le echo nada de cabeza a dios ni a sus representantes en la tierra pero qué se le va a hacer, me toca vivir con ellos.

Mi oficina es paso obligado de muchos burócratas. Entre ellos, muchas secretarias que van para otras oficinas.

Una de ellas me gustaba y muchísimo, en otras palabras, soñaba con comérmela. Pero tampoco iba a hacer el esfuerzo por demostrárselo. El orgasmo de muchas mujeres se queda simplemente en darse cuenta de que se las quieren comer. Y no le quería dar ese placer.

La secretaria en cuestión es una lectora consumada de blogs. A esa actividad se dedica para aparentar trabajar. Cierto día se acercó a mí y me dijo que había leído mi blog y que le parecía muy valiente por la “sinceridad” (¿cómo alguien que no tiene ningún referente del escritor puede juzgar que un texto es sincero?) y que ella toda la vida había querido escribir, que le diera consejos sobre escritura. Aproveché y le dije que la invitaba a unas cervezas. Aceptó. Pero me dijo que ella era una católica convencida y practicante. Que nuestra salida se limitaría estrictamente a su gran pasión: la escritura. Eso me desanimó pero confié en el poder mágico de los tequilas para desatar cualquier represión.

A nuestra cita fue muy recatada. Pero igual, podía observar su enorme culo.

La conversación fue, al principio, obstaculizada por silencios incómodos y por un ridículo juego en el cual cada uno tenía que responder con honestidad cualquier pregunta que la otra persona hiciera.

Me contó que estaba casada, que tenía un hijo, que su esposo estaba desempleado y que ella era la que sostenía el hogar, que siempre había querido ser escritora, que por eso quería que le hablara de mi experiencia con el blog, que asistía a misa dominicalmente…total, la moderna ama de casa que incluso aspira a escribir. Patético…pero qué culo dios mío.

Afortunadamente, las cervezas fueron haciendo su efecto para luego pasar a los tequilas. Al ofrecerle el primero dudó pero finalmente dijo que sí.

Y ahí empezó a perder.

Cinco tequilas más tarde empezamos a bailar, y como se sabe, todo baile no es más que una práctica pre coital.

Intenté besarla y no se dejó la maldita. Y ahí los tequilas sí que se le empezaron a subir porque le dio por la honestidad y me dijo que era un perro, un sucio, que mis cuentos eran burdos, toscos y groseros. Que no fuera a pensar que porque había aceptado salir conmigo ella era una puta. Que el problema era que los hombres no habíamos nacido sino para el disfrute. Disfrute que se les había negado a las mujeres históricamente y bla, bla, bla…

Fui al baño. ¿Por qué me tienen que tocar todas estas locas delirantes y fuera de eso católicas?, pensé con impaciencia.

Cuando regresé nuestra católica estaba de mejor humor. Incluso me invitó a bailar una canción más. Gracias a dios porque ya estaba por decirle que nos fuéramos.

Y confié en el último tequila para aflojarla del todo.

Empecé a cogerle las manos y se dejó pero luego las soltó. Segundos más tarde, intenté besarla y se dejó pero luego me empujó suavemente. Estas devotas hijas de dios sí que son difíciles.

Esperé unos segundos más para darle tiempo de reflexionar. Y junto con el efecto del tequila, me lancé una segunda vez y ahí fue: la besé, la toqué, la manosié y la calenté. Le dije a esta devota hija de dios que nos fuéramos para un motel pero me dijo que no, que tenía que llegar antes de las 11 a la casa y que ya eran las 10y30. Me ofrecí entonces a llevarla en mi destartalada moto.

Llegamos. Aún hoy no sé cómo lo hicimos. Nuestra católica no hizo sino manosearme por todo el camino. Cuando llegamos a su unidad, no tenía ni un solo botón de mi camisa cumpliendo su función.

Me ofrecí a acompañarla hasta la puerta de su apartamento. En el camino, aprovecharía para llevármela para el garaje o cualquier cuarto útil. Eso nunca falla, créanme.

Su borrachera la hizo aceptar.

Nos metimos al primer cuarto útil que vimos. Mientras me la comía extrañamente empezó a maldecir a dios y al catolicismo y parece que eso la enloquecía aún más. Hay que ser muy creyente para creer en la blasfemia.

Una vez terminamos la llevé cínicamente hasta la puerta de su apartamento donde la esperaba su desempleado esposo.

Al siguiente lunes le escribí y le expresé todo lo que había gozado con ella. Que se repitiera. Ella me dijo que le daba mucha pena conmigo pero no quería saber nada más de mí. Que había desechado sus ideas románticas de escribir, que yo había abusado de ella, que no se acordaba de nada y que de lo poco que se acordaba no iba con su personalidad ni con sus principios, que ella era una católica creyente, practicante y convencida, que le creyera por favor, que no insistiera, que todo había sido un desliz, que ella creía en la estructura familiar y en la fidelidad, que todo había sido producto del alcohol y que bla, bla, bla…

De eso hace ya algún tiempo pero de todas maneras ruego a dios para que se sigan repitiendo ese tipo de encuentros con cualquier católica militante.

MEDELLÍN CAMPEÓN


¿Qué escribe uno cuando el equipo de uno queda campeón? Difícil tarea para cualquiera.

Se sabía que este partido frente al Huila era más duro que el anterior. Fácilmente olvidamos que los jugadores no son máquinas y que sienten lo mismo que cualquier terrestre: miedo, ansiedad, nervios. Pero les exigimos como si fueran máquinas.

Este partido era más duro por el favoritismo y el triunfalismo de nosotros mismos los hinchas. Tremenda tarea tienen siempre los futbolistas: son responsables y esclavos de la felicidad propia y la de los otros. Enfrentar al Huila tal vez era lo de menos.

Me despierto con una sensación extraña. Hoy, otra vez, estamos disfrutando de una final. Y con muchas posibilidades de ser campeones de nuevo. Y las dos estrellas anteriores sí que las tenemos frescas: aquella bella e inocente estrella frente al Pasto, prueba irrefutable de que el maleficio se había roto, de que sí podíamos ganar una estrella y que quedaba sin piso la fastidiosa burla de “este año sí”; la otra, la de aquél inolvidable 27 de junio…

No lo puedo creer. En menos de 10 años vamos a ganar más estrellas que en toda la historia junta del Medellín. Y solo pienso en todos los hinchas que murieron sin conocer toda esta felicidad. Y a lo Borges pienso que tal vez nos iremos de este mundo sin conocer de otras felicidades.

Desato mi bandera que la tengo pegada del balcón. La administradora de mi edificio tal vez no la ha visto con muy buenos ojos pero qué se le va a hacer. Mi equipo es el equipo del pueblo.

Imagino que es muy temprano para ir al estadio pero es mejor estar preparados y debo buscar puesto en el centro de la tribuna para no perderme el espectáculo de la celebración una vez el árbitro señale el centro de la cancha.

Vamos en carro toda la tribu familiar. Yo voy adelante con mi bandera. Qué linda se ve, qué bella se escucha con el viento. El fútbol es maravilloso, el Medellín es maravilloso. Es un día mágico. Es un día extraño. Estamos en otra dimensión. Otros carros con banderas o sin ellas, nos pitan al vernos pasar. Gente con la cual tal vez difícilmente uno tendría contacto, ve en nosotros a los hermanos de la religión roji-azul: tal vez un abogado allá, un taxista por aquí, un mensajero en su moto, una ama de casa. Solo por llevar una bandera del rojo es suficiente para que haya un contacto visual, para que los conductores despeguen su vista de la ruta y armen comunión con otros carros.

Llegamos al estadio. Ya empiezan los nervios y la ansiedad reales. Una fila enorme es el primer obstáculo que debemos remontar: pero nos entretenemos con toda la parafernalia que nos ofrecen: gafas rojas que iluminan, serpentinas, boletas a precios astronómicos y lo único que uno nunca quiere comprar: plásticos por si va a llover...

A pesar de que llego con dos horas de anticipación, no encuentro el lugar central desde donde observarlo todo. Triste y acongojado me toca en el extremo norte muy arriba. Hay gente más desocupada que yo que se vino con cuatro horas de anticipación, pienso como mal perdedor.

El libro de Bukowski que llevo no me ha servido sino para tomar notas. Realmente es tanta la ansiedad que no logro concentrarme. Lo único que llama mi atención es saber cuándo se van a llenar los rebeldes espacios de los extremos de todo el estadio. Y observo la plenitud de la belleza en rojo y azul con todas sus banderas.

Por fin sale el equipo: una lluvia de papel y de humo rojo y azul enceguece todo el panorama. Quedamos todos con la cara pintada de rojo. Parecemos con fiebre.

Se sabía que el partido de hoy no iba a ser bueno. El Medellín luce lento y nervioso. No es para menos. Si nosotros lo estamos por qué ellos no. Se juega mucho en la mitad de la cancha y definitivamente Ganiza y Choronta son todos unos gladiadores.

Aparte de los nervios y de la lentitud del Medellín, viene el gol del Huila y eso sí que es fatal: eso nos recuerda que los maracanazos existen y que tal vez podemos quedar con los crespos hechos. Si no quedamos campeones, no puedo imaginarme el devolverme para mi casa con mi camiseta roja, mi bandera roja y mi cara pintada de rojo. Aunque lo peor es tener que soportar las caras agazapadas de los hinchas de Nacional. Y sus burlas durante toda la vida…

Llega el descanso y nos entretenemos bobamente con una bandera enorme de UNE. Solo queremos que empiece de nuevo el partido de una buena vez y saber cuál es nuestra suerte.

Para el segundo tiempo, el Medellín sí entra con más bríos. Y eso sí que se ve recompensado: el gol de Jackson nos sabe a campeonato. La tribu familiar celebra junta y yo me caigo en la celebración. Más adelante el gol de Mosquera lo ratifica todo. Me caigo de nuevo.

El Huila sin nada que perder, de hecho está perdiendo, juega con muchos bríos y lanza y lanza pelotazos para que haya un cabezón que la emboque. Es como esos mosquitos fastidiosos, de esos chiquiticos, que molestan pero mucho. Su insistencia para ellos tiene también su resultado porque empatan el partido. Y ya para nosotros es solo cuestión de tiempo. Que pasen esos cinco minutos de una buena vez porque ya nosotros no queremos saber de goles ni de jugadas, ni de nada. Solo queremos que eso se acabe y ya. Además tenemos muchas y amargas experiencias en las cuales los triunfos se nos han ido como agua entre las manos.

Expulsan a un jugador del Huila y respiramos un poco más, Jackson va y quema tiempo por allá y una nube de periodistas (como mosquitos) se acumula al lado de Leonel y su equipo. Óscar Julián Ruiz, tan pantallero como siempre, va con toda la calma del caso, coge el balón y lo levanta. Todo vuelve a su caos natural: los jugadores corren como locos, Leonel se abraza con su equipo de trabajo. Por fin los jugadores son otra vez niños y no máquinas de producción.

Pero pocos minutos después los jugadores deben dejar de ser niños y se deben preparar para la premiación programada. El botín del goleador, las medallas, el beso a la copa, el papel picado, la vuelta olímpica, la celebración en Norte.

Listo. El Medellín ha cumplido con su enorme tarea de hacernos felices.

Salimos del estadio. Caminamos por la setenta y los borrachos de rigor se tiran maicena. ¿De dónde salen tantos hinchas del Medellín? Yo ya no quiero celebrar. O al menos no así, con licor. Ha sido demasiado la adrenalina y el placer que nos ha brindado el Medellín. Ya es suficiente. La mejor celebración es ir a dormir. La mejor recompensa es la cama.

Y qué recompensa porque, me imagino, no habíamos dormido tan bien en mucho tiempo. ¡Gracias (todo) Poderoso!


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OBELISCO

Alguien una vez me dijo que el fútbol es una de las pocas felicidades de tipo colectivo que nos queda. Siendo así me rehúso a ver el partido Huila-Medellín en mi archi-reconocida casa y por eso decido ir al Obelisco.

Antes de ir, parece ser que estoy obsesionado con el partido porque les hablo a mis estudiantes del estilo kitsch (es decir, el salpicón de estilos) del Obelisco. Aunque es la última clase del año y ya quiero salir de ellos y ellos quieren salir de mí. Todos queremos salir de todos por esta época.

Cojo metro. En el vagón unos muchachos le cantan al Medellín. Mejor, le cantan al Nacional y le dedican el campeonato y le dicen que la copa va a ser el traído del niño dios para ellos. Yo quiero unirme en los cánticos pero me doy cuenta de que estoy muy viejo para ellos.

Llego al Obelisco y el hambre me atosiga. Así que aprovecho y me siento afuera de Sánduche Cubano y pido uno. Además, a lo lejos, hay un diminuto televisor. Prefiero sentarme ahí porque en los otros negocios existe casi la obligación de consumir licor. Y mañana hay que seguir trabajando.

La gente está más que eufórica. Gritan porque ven al equipo, gritan porque ven hinchas en Neiva y se enloquece cuando ven a Leonel con su camisa azul. Está serio, nervioso, con el ceño fruncido. Todo un león.

El partido empieza y a mí nada que me dan el bendito sánduche. El que me atiende que, claramente es gay o por lo menos amanerado, como para calmar mi ansiedad de la eterna demora me pregunta que si soy hincha del Medellín a pesar de mi camiseta roja. Le digo que sí. Le pregunto que si es hincha de Nacional. Me dice que no le gusta el fútbol. Ya entiendo la pregunta que me ha hecho. Solo un gay o un indiferente al fútbol pregunta semejantes obviedades.

Por fin me puedo sentar a ver el partido. En los primeros minutos hay posibilidades más que claras para anotar. La gente está realmente delirando. Y sobre todo unos mancancanes al lado mío que beben tequila como condenados y comen una picada. Cientos de personas pasan por el lado de ellos y por ende me tapan la visión de la pequeña pantalla. La gente no se puede quedar quieta, pienso. Sobre todo las mujeres. Entran al negocio, salen del negocio, contestan un celular, vuelven y entran. Es enloquecedor. Los mancancanes al principio molestan a las mujeres y les lanzan piropos cuando pasan. Pero las cosas cambiarán para el segundo tiempo.

En el descanso, la gente está tranquila. Un empate es más que bueno. Igual el Medellín ha lucido tranquilo. Por lo menos no ha lucido esos nervios patológicos de otras finales.

Aprovecho el descanso y voy al baño. La fila por supuesto es larga. Cuando intento regresar a mi puesto, ya los tipos han decidido cerrar el paso y solamente dejan pasar mujeres. A los hombres les cierran el paso. Uno que otro intenta y ellos no tienen más remedio que dejarlo pasar. Me toca mi turno y yo, que tengo pinta de profesorcito, debo dar una vuelta enorme. Me siento humillado pero es mejor no torearlos. Sus caras adustas y feas (y sobre todo sus cuajos) me convencen de que es mejor no poner problema. Pero los miro feo.

Cuando doy toda la vuelta y me siento al lado de ellos de nuevo, noto que se burlan de mí. Pero no importa, yo me concentro en el partido y en mi bandera que se ha resbalado y ha dado a parar en la cabeza de una señora tres veces. Pero como es una bandera del Medellín, ella solo atina a sonreír.

El Medellín juega bien pero el Huila mete uno que otro susto. Y ahí sigue como siempre Bobadilla.

Hay un tiro libre de Mosquera y todos quedamos engañados visualmente porque celebramos el gol. Yo incluso voleo mi bandera. Pero veo que Mosquera no celebra. Luego, todos nos burlamos de todos por la celebración. Después sacan a Mosquera y parece que no le gusta. Nadie rechifla el cambio. Es mucho el respeto que le tenemos a Leonel.

Luego cuando entra Valoyes, la gente aplaude. Piernas frescas y oxigenadas van a entrar.

Hay un contra golpe. Mortal como los del Medellín. Va Valoyes a toda velocidad y cayéndose se la pasa a Jackson. Todo es como en cámara lenta. Los segundos no pasan. Jackson la recibe y con toda la frialdad la tira suavecita por encima del arquero y lo baña. Es la locura total.

Los mancancanes que antes me habían negado el paso, en la celebración me cogen, me abrazan, me alzan y me zarandean como a un muñequito.

En ese momento decidí que me iba a quedar celebrando voleando mi bandera ya que tenía la excusa para el otro día en mi trabajo: decidí amanecer enfermo (por el DIM).

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MEDELLÍN 2-PEREIRA 2

Obviamente nada se jugaba hoy. Tal vez el agradecimiento hacia el Medellín por su partidazo en Barranquilla y eso sí, asegurar con la boleta de hoy la boleta para la gran final. Pero ya desde este mismo momento es todo un complique conseguirla de manera oficial aunque hay todo tipo de ofrecimientos: alguien me puede prestar el pase pero le debo pagar cuando entre, otro me vende una boleta de cortesía, el de más allá me vende la última entrada de un abono pero se lo tengo que devolver por la reja una vez esté adentro. Lo menos sospechoso me parece la última opción. Al menos voy a tener pegado como una lapa al revendedor y así me voy a asegurar de que no me van a robar. Es que nací en Colombia.

Hace mucho tiempo que no escucho las estridencias de las transmisiones por radio así que no sé por qué no empieza el partido. Pero el viejito al lado mío con su radiecito de siempre sí que debe saber la razón. Me dice que a un jugador del Pereira lo hirieron cuando venía en el bus. Y eso que hoy no se juega nada, me dice. Lo único interesante para ver en esa media hora de espera es a un parapentista que intenta aterrizar en la cancha. Los fuertes vientos hacen que no lo logre hacer suavemente y al pesimista que hay en mí le parece que el pobre se va a caer desde esa altura mareadora y para colmo de males, aparte del jugador del Pereira, se nos va a tirar el partido. Poco a poco va bajando, a mí me sudan las manos pero afortunadamente una vez aterriza nos saluda a todos con su camiseta del Medellín puesta y con una bandera. Los tipos que me rodean y yo estamos de acuerdo en que este personaje tiene las dos cosas que ya sabemos muy bien puestas.

Empieza el partido. El Medellín juega como si realmente estuviera intentado todavía entrar a la final. Las posibilidades de gol por fin se concretan con el de Mosquera que creo es el primero que hace en el Atanasio jugando para el Medellín. A los quince minutos Jackson sale aporreado y es atendido y, al menos yo, me preocupo por su suerte ya que lo necesitamos para la final. Muchos nos preguntamos si es necesario que los esenciales del Medellín jueguen hoy. Pero Leonel debe saber más.

Más adelante, César Rivas recibe la pelota de un pase larguísimo, con habilidad la domina, un jugador del Pereira se desubica y Rivas recorre campantemente toda la zona del Pereira y se hace un golazo que en el argot del hincha se denomina como “un gol que pagó la boleta”.

En el segundo tiempo el espectáculo corre de cuenta de las sustituciones de Choronta, Mosquera y Jackson. Reciben sus debidos aplausos y todos queremos que se vayan a descansar de una buena vez para los partidos que siguen. El Medellín pierde cada vez más fuerza y el Pereira hace el primer gol. Es un partido extraño. Estamos y no estamos ahí. Tenemos la cabeza puesta es en los próximos dos partidos. Y sobre todo en cómo conseguir la boleta para la final. Qué odisea.

La intrascendencia del partido me da para observar cómo le piden autógrafos a Mao Molina artífice de la tercera estrella. También me doy cuenta de la inconveniencia de ser famoso y tener que aguantar a tanto pato.

A Leonel se le nota que no le gusta perder ni jugando parqués porque brinca con cada posibilidad de gol y se ve enojado también con las posibilidades del Pereira. Ya hacia el final en un gol que no vale nada afortunadamente (somos los niños nerdos que han hecho todo con tiempo), el Pereira empata el partido. Pero no importa, estamos pensando en lo que viene, conseguir boletas, fantasear con ir a Neiva (casi imposible), ver cómo vamos a celebrar el próximo domingo.

No siendo coherente con lo que pienso, veo a Rafa Castillo en la tribuna y aprovecho para pedirle un autógrafo. Él se ríe siempre tan cortés y me firma la hoja que llevo. Le digo que es para mi mujer. Soy todo un pato.




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LEO


Un sol canicular nos acompaña para enfrentar al Real Cartagena. El calor no importa ya que tenemos la confianza de que nos puede ir bien. Acariciamos la posibilidad de estar en la final. Hay que aprovechar estos excesos de confianza que en el pasado han sido más bien escasos.

Al hacer la fila ansiosamente para entrar al estadio, unos muchachos me piden plata para la boleta, otros hacen manillas y las venden. Todo bien se vale para ver al rojo. Y ya en occidental veo en toda su plenitud la belleza de su tribuna Norte: muchachos felices saltando, ansiosos de que salgan nuestros héroes.

Los actores usuales de la occidental ya están en sus puestos: Deportivo Independiente Medellín Giraldo Zuluaga, con su nuevo perro, saltando. Caretorta Palacio DIM corriendo con su bandera aleccionándonos para que silbemos y atemoricemos al rival.

Empieza el partido. Desde un principio queda claro que el Medellín está comandado por dos capos: el de adentro el gran Choronta, el de afuera el gran Leo.

El capo de adentro lanza por primera vez la pelota. Ése es su privilegio y así lo entendemos todos. Él, como los grandes, fríamente lanza una pelota al vacío y nos hace estremecer por primera vez con la posibilidad de gol. No se concreta, pero él, tranquilo, sabe que solo es cuestión de seguir intentando. Así son los grandes. No sudan, no se desesperan, saben lo que quieren. Por eso los admiramos.

El Medellín hilvana e hilvana jugadas que terminan por ser tediosas gracias a la defensa del Real. Mientras tanto el capo de afuera camina de un lado para el otro. Va elegantemente vestido. Y su típica melena le cae sobre el saco y se bambolea con el viento.

Leo les grita a sus muchachos, les dice cosas que no podemos escuchar, camina nervioso. Pero todo ese comportamiento desaparece cuando Jackson hace su primer gol. Ahí se transforma. Sube sus brazos y se abraza con sus asistentes.

Yo copio cada movimiento de Leo. El señor que está a mi lado observa con curiosidad mi hoja y lapicero. Me pregunta que si soy periodista. Le digo que no pero que estoy escribiendo una crónica para la página del Medellín. Él me dice que es amigo de Leonel y pienso que mi suerte no puede ser mejor. En el entretiempo lo entrevisto y me dice:

-Yo conocí a Leo en Zamora porque una tía mía vivía allá. La familia de él era muy pobre y la mamá vendía panelitas. Leo se iba trotando hasta el estadio porque no tenía plata para los pasajes.

-¿Y cuál es el secreto del éxito de Leonel?

-La disciplina, hermano. Ese hombre entrenaba mañana, tarde y noche. Él sabía que era muy flaquito y que así cualquiera le iba a pasar por encima. Incluso cuando se lesionaba entrenaba con una mochila llena de pesas. Hasta en vacaciones entrenaba solo. Ese hombre es un ejemplo de trabajo y seriedad.

-¿Y los jugadores le copian?

-Claarooo, cómo no le van a copiar a un tipo con dos mundiales encima y con toda la experiencia que tiene. Él es muy exigente con ellos, incluso los hijueputea cuando no corren pero al final va y los contempla. Leo es muy humano. Los jugadores lo quieren mucho.

Empieza el segundo tiempo. Hay un cambio y sale Luis Carlos Arias. Luego Jackson hace su segundo gol. En ambas ocasiones Leonel los abraza. El amigo de Leonel me lo enfatiza y yo asiento y comprendo la conexión entre Leonel y sus jugadores. Es un abrazo de padre a hijo. Por lo menos eso es lo que demuestra todo su lenguaje corporal. A mí se me sale el sentimental que siempre intento reprimir y se me chocolatean los ojos con esos gestos.

Choro, el otro capo que en otra ocasión merecerá un espacio especial, sigue en lo suyo: fría y seriamente sigue comandando todo lo del Rojo. Los jugadores del Real le lanzan patadas pero él no es como el resto de los mortales jugadores y no se tira a simular ridículamente una falta. Simplemente no se deja amilanar y no se deja tumbar. ¡Grande Choro!

Cantamos, hacemos la ola y los jugadores nos alcahuetean y por eso gritamos ¡¡ooooleee!! Pero tristemente ya todo se va acercando a su final.

Leo, nuestro auténtico héroe popular, se goza el triunfo y ya todos nos vamos marchando. A excepción de dos señoras que durante todo el partido le han gritado lo lindo que es. Y definitivamente una de ellas no se quiere ir porque le dice a la otra:

-¡Quedémonos para verle las nalgas a Leonel!

(Agradezco a Nelson Valencia por la información brindada acerca de Leonel Álvarez).

LA CURVA: El local

Cansados de emborracharnos en Bantú, el mismo antro-chochal de siempre, decidimos J y yo montar un bar en la zona play, puppy y hello kitty de Medellín. Por lo menos ése va a ser el único lugar en El Poblado de donde no nos saquen a las patadas.
Lo primero es conseguir el local, por ahí se empieza, ¿no? Y para conseguir la plata para el primer mes de arriendo, empeñamos unas esclavas de oro, empeñamos a nuestras madres, hicimos rifas y prostituimos a nuestras mujeres con tal de conseguir el primer milloncito de pesos para pisar el negocio. Demostramos solvencia con papeles falsos, J hizo alarde de su verborrea paisa y logramos con poco tener mucho: un local vacío en una zona consumista.



Pasada la tensión de cómo vamos a hacer para sostener semejante cañazo de tener un local en El Lleras, decidimos relajarnos y empezar a ensayar ridículas poses tipo Americanino o Diesel para estar en la onda de los futuros clientes:


Claro que J no puede reprimir el perrito que lleva dentro de sí y empieza a montar la plata como si eso fuera muy charro. Y parece que lo es:


La siguiente estrategia es invitar gente para que dé sus ideas más disparatadas en cuanto a la decoración:

Chente (de chanclas) no sabe qué hacer con semejante chorizo de local ni cómo llenarlo de puffcitos, Eliza en pose de Virgen María pregunta que si no nos pueden devolver la plata, su hija le dice “Mami, vámonos para la casa ya” e Isa manotea mientras nos dice que somos unos “buevones”. Que si queremos arreglar eso, tenemos que contratar por lo menos a una decoradora italiana. Así lo hacemos.


La decoradora italiana sugiere que tumbemos lo que indican sus manos con un bulldozer. Que se lo lleven todo, incluso a uno de los dueños:


Días después invitamos a otro personaje que merece una mención especial. Es el gran y reconocido O de quien se dice que todo lo que toca lo convierte en Oro. Le pagamos taxi y todo para que subiera una cuadra desde La Octava. Sus consejos fueron sabios y prudentes. Paternales, casi. Y nosotros como buenos adolescentes no los vamos a seguir. De todas maneras agradecemos al gran gurú de los bares y sensei O su bendición.


Aunque para triunfar y sobre todo para fracasar hay que morir con la de uno. Ya veremos.

Nota:

Si nos alcanza la plata, La Curva abrirá sus puertas dentro de poco.

La Curva:

Cra. 37 #8-15

Medellín-Colombia

http://lacurvabar.blogspot.com/

PASTORES

Mientras le grito a mi mujer que es una puta por las veces en que me ha sido infiel (ella a su vez me grita que soy un perro asqueroso exactamente por las mismas razones) y a duras penas puedo levantarme de la cama por el guayabo, cientos de fieles ya están congregados en La Iglesia de la Liberación Mundial. De todas maneras, me pongo mi mejor traje: cachaco, pantalón y camisa por dentro. Dios no se merece una camisa por fuera…Además, sé que cuando llegue, me voy a encontrar con muchos tipos encachacados y equipados con radios de comunicación. Ellos son los que reciben y conducen a los fieles, cual rebaño, a esa iglesia cristiana.

No estoy muy seguro de cuál es la entrada. Hay gritos y música que salen de un local así que intento por ahí. El tipo encachacado que lo custodia me mira fijamente. Mi cara no le es conocida. Me pregunta entonces que para dónde voy. Dudo qué decirle. No sé qué palabra escoger. No sé si decirle que voy para el culto, la celebración, la misa, la eucaristía, el encuentro o qué. Aunque la palabra que más neutra me parece es celebración. Eso, a juzgar por los gritos, la música y la alegría que emanan de allí. El resto de la mentira ya la tengo preparada y digo:

-Es la primera vez que vengo a la celebración. Una amiga me invitó.

-Esto aquí es para los niños; el culto para los adultos es allá.

Él mismo me conduce hasta la verdadera entrada. Allí, hay más encachacados con radios y micrófonos; de esos que ponen nervioso a cualquiera: unas diademas que comunican directamente a la oreja con la boca. Todo tiene la apariencia de esas películas gringas en las que hay miles de agentes secretos y en algún lugar está un presidente al que van a matar, o casi, porque uno de esos agentes secretos es el galán de turno que lo impide en el último segundo.

El primer encachacado me entrega a un segundo encachacado diciéndole que es la primera vez que vengo y que una amiga me invitó. De una me pregunta:

-¿Y cuál es el nombre de su amiga?

-Claribel Osorio.

El nombre sí lo tenía preparado porque es como nombre de muchacha pobre y cristiana, que cita a la perfección versículos enteros de la biblia y que algún día espera a casarse con uno de estos encachacados. Él no reconoce el nombre, así que me dice:

-Mmmm, no la conozco pero siga a ver si la encontramos…

Este segundo encachacado a su vez me entrega a un tercer encachacado que rápida y eficientemente me da la bienvenida y me estrecha la mano. El segundo encachacado le pregunta que si conoce a Claribel Osorio y él dice que no. Entonces me ordenan que me siente junto a la entrada donde están ellos. Seguramente para mantenerme bajo vigilancia.

Me toca sentarme entre una adolescente y una señora muy bien vestida que se refresca con un diminuto ventilador de Hello Kitty. Miro al frente y ante mí se encuentra la gran congregación de fieles de La Iglesia de la Liberación Mundial. Una congregación muy bien vestida con mujeres cuidadosamente peinadas, hombres afeitados y abundancia de tacones, zapatillas, perfumes y lociones. Todo para esta trascendental ocasión. Y quien dirige este gran espectáculo es nuestro pastor quien grita histéricamente desde el estrado:

¡¡¡LA VIDA DE JESÚS SE HA ENCARNADO EN MÍ!!!

Luego vocifera una retahíla sobre los judíos y dice que están así de mal (¿así de mal?) porque ellos traicionaron o negaron a Cristo. No lo sé. Mucho de lo que dice no lo entiendo porque su acento de música merengue es imposible. Tiene que ser algo del Caribe porque, como escuchaba uno en el Show de Cristina, hace preguntas retóricas que empiezan con el “¿Qué…?” por delante, así:

-¿Qué ustedes creen…? ¿Qué ustedes piensan….?

A todas sus afirmaciones la gente grita ehh, sííí, ohhh, con pasión. Pero realmente es imposible saber con qué están de acuerdo ya que nuestro pastor mezcla confusamente palabras como mente, corazón, espíritu, alma y gripa porcina. A veces son lo mismo y a veces no. En una de ellas la emprende contra los científicos, contra Darwin específicamente, y dice que él estaba equivocado porque los micos tienen espíritu y no alma (¿?). A todo esto, la audiencia en trance responde con un eehhh, manos y brazos en alto así como seguramente hacían las multitudes enardecidas cuando gritaban “Heil Hitler!!”. Sin embargo, un despistado grita a destiempo: “¡Alabado sea el Señor!”

El pastor se mueve, vocifera, regaña, abre las manos, busca una cita en la biblia, se desabotona el saco, cuenta chistes, sisea como una serpiente, se abotona el saco, pega gritos de poseso, se sube al podio, baja del podio y no deja tres segundos de silencio y paz. Parece una estrella de rock. O un político o un ejecutivo en la convención de su empresa. Y ya por fin doy con quién se parece: se parece a Hugo Chávez cuando viaja de cumbre en cumbre y le toca ponerse cachaco pero el cachaco siempre le queda chiquito porque el comandante eterno de la revolución bolivariana ha subido de kilitos y la papada llena de grasa se le sale rebeldemente por encima del cuello. Así es nuestro pastor...

Y en toda esta hiperactividad dice que Buda está en el infierno, que Da Vinci y Nerón eran unos sodomitas (así dice, unos sodomitas), que la mejor aspirina para el alma se llama Jesús, que Dios tiene sentido del humor y no es aburrido, que “hoy vamos a comer verdad, paz y tranquilidad”… Aunque mención especial merecen las enfermedades (por eso es que casi no hay iglesias cristianas entre los ricos que pueden solucionar ese problemita más fácilmente) y dice que Jesús puede curar cualquier perturbación mental, que hoy podemos expulsar cualquier “coágulo de cáncer” (así dijo, coagulo de cáncer)…Mención especial también merece la cuestión de la comida porque dice que Jesús no come carne de “puerco” (para aprovechar la paranoia de la fiebre porcina) y que se alimenta de sí mismo y que esto es un misterio, confiesa.

Por encima de él hay una inmensa pantalla. Así que, si no lo alcanzamos a ver en persona porque está muy lejos y nuestras sillas rímax no dan para más, entonces un par de camarógrafos se encargan, como en una transmisión de un concierto de rock, de seguir cada uno de sus pasos. A veces hay acercamientos de la cámara y se nos permite ver la cara crispada de nuestro pastor. Y como vive gritando, cuando cierra la boca, el labio superior no alcanza a bajar del todo, entonces quedan al descubierto sus enormes dientes y queda como un conejo de cualquier película de terror. Realmente asustador.

Las imágenes a veces se intercalan con unas diapositivas cuidadosamente escogidas y lo más sorprendente, aparecen en el momento justo. Se nota que todo esto es un espectáculo cuidadosamente planeado. Nada que ver con las presentaciones de mi universidad cuando los profesores no encuentran la presentación en power point o el proyector no les prende. No. Aquí todo está medido, organizado, controlado.

Las diapositivas aparecen como por la gracia de dios aunque con errores de ortografía y digitación. El pastor lee las citas, se salta palabras porque todo es muy frenético e incluso nos pone a leer. También nos pone a repetir. Nos conmina a decir:

-Jesús es…

Y todos repetimos al unísono:

-Jesús es….

-¡Nuestro Rey!

-¡Nuestro Rey!

-¡Nuestro Salvador!

-¡Nuestro Salvador!

Aunque realmente los que más repiten son los adultos y los ancianos. La adolescente que está a mi lado y otras que logro ver entre la multitud se recuestan en el hombro de otras amigas, consultan su celular, se observan las uñas, se rascan los ojos y se quitan la horquilla del pelo. ¡Dios bendiga a los adolescentes y su bendita rebeldía!, pienso. Ni siquiera este ambiente lleno de dios, control y vigilancia puede con ellas.

*****

Ya todo entra en su fase final. Nuestro pastor se quita el saco y sí que lo necesita: debe haber sudado y lo más seguro es que debe haber rebajado unos cuantos y necesarios kilitos. La ridícula música de piano utilizada en las casas de banquetes rebaja la intensidad y nuestro pastor envía a las diaconas para que repartan el pan y el vino. Esto sí que es nuevo para mí. Por primera vez voy a comulgar, voy a tragar el cuerpo de Cristo y nada de confesiones de por medio.

Unas mamasotas, hermosas hijas de dios y por ende mis hermanitas, empiezan a entregar en bandejas de plata pedazos de algo que parece pan pero que realmente son unos vulgares bizcochitos. Yo, siempre con las ganas de echarle el diente a todo, lo hago inmediatamente y una de ellas me conmina gritándome:

-¡¡NO, TODAVÍA NO!!

Yo me pongo rojo y siento que hice el ridículo porque los de atrás me están mirando y seguramente los tipos encachacados ya me van a caer y me van a hacer un interrogatorio. Seguramente ya han estado siguiendo todos mis pensamientos a través de quién sabe qué aparato ultra moderno. Espero y espero pero nada pasa. Nuestro pastor se come entonces un pedazo de pan que toma de una arreglada mesa mientras nosotros nos comemos el bizcochito. Luego, nuestro pastor se toma una copa de vino, y es vino porque un acercamiento de la cámara así lo demuestra, y nosotros nos tomamos un espeso jugo de mora en un vasito desechable de esos aguardienteros.

Luego, algunas personas se acercan al púlpito y se empiezan a abrazar y empiezan a delirar y cierran los ojos y expulsan no sé qué cosas de sus corazones o de su cabeza o de su pecho y están como en trance y la cámara los detalla y a veces ponen la letra de una canción mientras unos muchachitos cantan. Y la letra parece una de esas esquelas que los enamorados se mandan entre sí:

Yo te busco

Te anhelo

Te necesito

Te amo

Más que a mi propio ser

Durante todo ese trance, el pastor pronuncia unas cosas imposibles pero más imposible aun es transcribirlas aunque lo voy a intentar:

“shi skyupashni batabatabata….”

Juro por dios que era algo así. Realmente misterioso y asustador.

Todos los del pulpito han expulsado su enfermedad o sus pecados o al diablo, todos se funden en un abrazo y entonces empiezan a cantar una música pop o rockanrolera y dicen algo que cualquier enamorado quisiera escuchar de su ser amado:

“Te busco con fuego en mi corazón”

Ya todo es como más alegre y es el momento propicio para que los encachacados empiecen a entregar unos sobres. Yo recibo uno pero dejo para leerlo después porque realmente ya me quiero ir. Ya es más que suficiente. Así que me toca pasar entre la multitud que escribe sobre ese sobre y lo deposita en una urna. Paso por el lado de los baños (¡hay baños!), cafetería (¡hay cafetería!) y un almacén (¡hay un almacén!) donde venden cientos y cientos de dvds con las grabaciones de nuestro pastor y los libros de nuestro pastor y las canciones de nuestro pastor. Parece que para muchos no es suficiente con lo de hoy.

Ya al intentar salir, uno de los encachacados me cierra el paso y me pregunta muy serio:

-¿Ya depositó la ofrenda?

-Sí, respondo con una vil mentira.

-Que Dios lo bendiga hermano. Vaya con Dios.

-Gracias hermano. Vaya usted también con dios.

Tres cuadras más adelante (no vaya a ser que me estén siguiendo), leo lo que había que meter en el bendito sobre y me doy cuenta del negociazo que acabo de abandonar. Le tenía que haber dado plata a la iglesia, al pastor y a una tal misión. Sencillamente por la salvación de mi alma. Así de fácil.




BIELSA

Texto: Wilson Orozco

Fotos de Bielsa: Óscar Cardona

Busco en internet las boletas para el partido Colombia-Chile. Mi intención no es ir a ver perder a un equipo comandado por un mediocre (por supuesto el colombiano) sino por ver en vivo y en directo al más grande entre los grandes: al técnico de Chile, Marcelo Bielsa.

El precio de las boletas es más que astronómico así que desisto y olvido la idea. Se ve que los negociantes que controlan el negocio de la selección Colombia no saben de las estrategias de mercadeo de los equipos pequeños. Por ejemplo, la de “entran dos con una boleta” para el clásico de clásicos entre un Nacional y un Huila.

Pero el destino se encargaría de torturarme. El día del partido, debo coger un bus que me lleve de Envigado al Centro. Cuando pasamos por El Poblado, la zona play de Medellín, veo hinchas de Chile por doquier. Tienen incluso una bandera enorme extendida en uno de sus parques. Pero lo más interesante es el encuentro cultural entre nuestro chofer (que escucha reggaetón a todo taco) y una hincha de Chile que atraviesa tranquilamente la calle por una cebra. Por supuesto nuestro chofer le tira su bus y ella tiene que atravesar agitada las líneas blancas. Qué ingenua: creer que en Chibchombia las cebras son un espacio sagrado para los peatones…

******

No resistiendo la tentación, me desvío para el estadio, para tratar como buen negociante paisa, de conseguir una boleta lo más barata posible. Consigo una a mitad de precio. Con dolor me daré cuenta al otro día de que las estaban regalando. Pero esa es otra historia.

En el momento de negociar la boleta, no tengo plata así que el revendedor en su desespero me acompaña hasta el cajero. Yo, escéptico, le pregunto que si las boletas no son falsas (como si él me fuera a responder que sí) y me dice:

-¿Para qué me voy a poner yo a vender boletas falsas? ¿Qué voy a saber yo quién es usted? Por una boleta no me voy a hacer matar. Hace poco unos tipos en unas camionetas vinieron a comprar unas boletas y un parcero mío les dijo que él se las conseguía. Ellos le entregaron la plata y el man se voló y se la robó. Después ellos volvieron y ofrecían dos millones de pesos si decíamos dónde lo podían encontrar. Y dieron con él en el Centro y allá lo cascaron. Treinta tiros le metieron.

-¿Treinta?

-¡Oiga, mijo! Y con tiros de fusil y todo. Es que uno en esta ciudad no sabe con quién se mete. Uno dice: “Vea a ese con cara de bobo” Y ése es el que va sacando una metralleta y le va dando a uno.

Tengo la sensación de que cuando dice “el cara de bobo” se refiere a mí y por eso es que no me va a robar. Por fin remata:

-Oiga mijo: aquí hay mucho billete. Yo tengo un amigo que tiene un apartamento lleno de plata por El Obelisco y no sabe qué hacer con ella.

Salgo del cajero, él me entrega la boleta ya ajada y decido entrar temprano al estadio. Por recomendación del revendedor, hago de tripas de corazón, y busco al administrador del estadio. Le cuento que quiero hacer una crónica sobre el gran Marcelo Bielsa para un blog. Ése es mi caballito de batalla. Él, muy ocupado pero con toda la paciencia y serenidad del caso, me dice que todo está diseñado para que interesados como yo no tengamos acceso a él. Entiendo que soy un pato y con la mayor hipocresía me despido de él: una sonrisa de oreja a oreja y un fuerte apretón de manos.

Ingreso a la gradería. Me asombra la cantidad de hinchas chilenos. Sus camisetas rojas me gustan. Parece que fuera a jugar hoy el Medellín. Y ya como que me las estoy tirando de periodista y busco a un señor con su hijo para preguntarle por Bielsa. Él, en un acto que me da envidia y nostalgia, le cede la palabra a su hijo. El adolescente me responde con un monosílabo que no recuerdo. El papá, como todo buen papá, se explaya y señala los adjetivos que ya harto conozco por la prensa deportiva: que Bielsa es serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Les pregunto que si son de Santiago y la respuesta no sé por qué me decepciona:

-Somos chilenos pero realmente vivimos en Miami.

Como buen farandulero, les pido tomarme una foto con ellos. Con todo el gusto acceden.



Quiero entrevistar a una persona más. Que venga de Chile-Chile. Hablo con otro señor: me señala lo mismo: que están muy contentos porque Bielsa es serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Veo que no voy a lograr más de lo que ya sé. Pero el sitio de origen de este señor sí me deja más tranquilo: viene desde la misma Antofagasta.

El equipo chileno sale y detrás de él el gran Marcelo Bielsa. Y la pinta es la misma: de un tipo serio, disciplinado, trabajador, obsesivo. Docenas de fotógrafos lo enfocan y él ni se inmuta. Él está en lo suyo.

Empieza el partido y también empieza la actuación de “El Loco” como también se le conoce. Parece un carnívoro enjaulado. Y sí que marea este hombre: va de aquí para allá, se sienta, se para, va a la línea, se pone en cuclillas para observar no se sabe qué, vuelve y se para, se sienta, pega un grito, camina mirando hacia el piso, jadea y así sucesivamente hasta el infinito.

Viene el gol de Colombia. Por primera vez, Bielsa se dirige a sus jugadores. Les hace gestos que indican que tienen que subir el ánimo, que nada ha pasado.

Ya la historia es más que conocida. Chile luego nos mete unos merecidos cuatro goles, algunos de los cuales Bielsa no celebra y otros que celebra para sí mismo, solitariamente.

El árbitro señala el final. Bielsa no se queda celebrando la clasificación al mundial. Seguramente va a preparar lo que va a decir en la rueda de prensa. Cualquier discurso bien complejo y enredado que ni siquiera los mismos periodistas van a entender.

Corro, como buena adolescente que va a ver sus ídolos de RBD, hacia la barrera que han puesto para separar a los patos como yo de Marcelo Bielsa cuando vaya a dar la conferencia de prensa. Lo espero ansioso. Sé que solamente uno o dos metros me van a separar de él. Tengo miedo de que a lo mejor en ese momento pegue un grito histérico.

Se forma un revuelo. Allá viene él. Yo, por la maldita manía de estar tomando fotos que no sirven para nada, no logro eternizar ese momento de verlo con más intensidad. Pero ahí viene, ahí está. Entre gritos de “Monstruo”, “Grande Bielsa”, veo que viene caminando con su mirada siempre clavada al piso. Con los aplausos de todos nosotros, solo alcanza a hacer un tímido gesto de agradecimiento.

Y tengo que reprimir con fuerzas un grito histérico y por supuesto la payasada del desmayo.

LÍBIDO